jueves, 14 de agosto de 2008



¿Quien no ha soñado con tragarse el mundo en un barco? ¿quien no ha querido entregarse al mar y la sal, al viento y la distancia? ¿Quien?

He estado leyendo Corto Maltes en estos días. Muy lento y sin poder terminar siquiera el primer volumen, pero aun así puedo decir, que este personaje, mezcla de pirata y bohemio, ya ha hechado anclas en mi corazón.

Que más da, uno no sabe de que se pude terminar enamorando y yo, termine pegado a este personaje creado por el magistral Hugo Pratt.

En la página de vagos.es pueden descargar todas las aventuras publicadas. Se que no les decepcionara, el enlace es el siguiente:

http://vagos.wamba.com/showthread.php?t=143090

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martes, 12 de agosto de 2008

Lenguaje y Conocimiento en la obra de Norbert Elías

La verdad no se que tan amplia sea la recepción academica del Sociologo Norbert Elias. Yo lo conocí por intermedio de un amigo que me facilito la última obra escrita por este autor y la verdad me llenó de gratas inquietudes. Comparto con ustedes un texto que realice hace más o menos un año sobre su libro "Teoria del Conocimiento".

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Teoría del Conocimiento fue el último estudio escrito por el sociólogo alemán Norbert Elías (1897 - 1990) antes de morir. En esta obra aborda, desde una nueva perspectiva, el problema epistemológico de cómo el ser humano construye conocimiento. La originalidad del enfoque planteado por Elías se basa en la vinculación del lenguaje como motor del proceso cognitivo realizando de paso una crítica a la tradición filosófica europea que sistemáticamente desprecio la comunicación en el proceso de formación del conocimiento.

Aunque de de muchas maneras la Teoría del Conocimiento es un texto inconcluso, la principal causa es obviamente el descenso de su autor antes de haberlo podido revisar, no por ello esta es una obra incompleta. Como lo menciona su editor, Richard Kilminster, durante todo el texto se desarrolla un plan de trabajo que va dirigido a develar la naturaleza del conocimiento como un producto netamente humano, enmarcado en un proceso socio-biológico continuo, del cual el lenguaje, vehículo a través del cual se crea y reproduce el conocimiento, es un producto de la evolución natural y el desarrollo cultural.

Según el editor del texto, la búsqueda de los fundamentos del lenguaje y el conocimiento emprendida por Norbert Elías, podría ser ubicada dentro de la sociología del conocimiento alemana: “Elías llevó la tradición [sociológica alemana] más allá, profundizando y ampliando la parte del programa que pedía una ontología y una epistemología sociológicas que sustituyesen a la filosofía tradicional”[1]. Este distanciamiento y crítica a la tradición filosófica es el primer rasgo característico de esta obra. No es de ninguna manera fácil enfrentarse a concepciones elaboradas durante siglos y cuya validez se da como un hecho innegable, de tal forma que su simple discusión sucinte comentarios de burla y desaprobación académica a quien se atreva a ello. Pero esto es precisamente lo que Elías realiza en esta obra, un desmantelamiento de concepciones y dicotomías establecidas a lo largo de los siglos, tales como naturaleza/cultura, sujeto/objeto o verdad/mentira en el campo de las ciencias. Para el sociólogo alemán, tales dicotomías no constituyen verdades cognitivas sino simples construcciones sociales de las cuales es posible desprenderse.

Para abordar el estudio de esta obra de Norbert Elías, tal vez la crítica a la teoría del conocimiento elaborada a partir de la tradición filosófica europea, sea un buen punto de partida. Sólo entendiendo las razones por las cuales el autor se aleja de esta, se podrá entender la naturaleza e importancia de un estudio a largo alcance como el deseado por Elías.

La teoría del conocimiento: fracturas y distanciamientos.

La pregunta por el origen y naturaleza del conocimiento ha sido una constante en desarrollo filosófico de la humanidad. No ha existido época alguna en la cual los hombres no se hayan preguntado por su relación con el mundo y la forma en la cual puedan sacarle el mejor provecho a este. Pero sólo fue hasta entrado el siglo XVI cuando la duda epistemológica cobro un protagonismo inusitado, llegando a instalarse en el centro de la discusión filosófica. Esta tradición se puede rastrear hasta Descartes y método de la duda que exponía la pregunta fundamental de una teoría del conocimiento naciente: ¿Cómo puedo estar seguro de que el conocimiento adquirido sea correcto, es decir, corresponda a la verdad? Esta pregunta fue expuesta en medio de una discusión entorno a la supremacía de la razón frente a la experiencia o de esta sobre aquella, por lo cual no cayó en un terreno infértil sino por el contrario, fue fuente de múltiples lecturas e intentos de respuestas instaurándose de esta manera una tradición epistemológica que ha llegado hasta nuestros días. Kant fue uno de los filósofos que mas aportó en la construcción de este modelo que veía al conocimiento como una realidad suprahumana, al cual la especie humana llegaba a través de una vía común pero de manera individual. El solipsismo frente al mundo es una de las características básicas de esta epistemología en la que el conocimiento se alcanzaba por medio de elaboraciones mentales y no por interacción social, una idea que para entonces hubiese resultado extraña, puesto que no se concebía una razón supra individual, ni las experiencias comunitarias tenían, al menos teóricamente, una validez como la obtenida por la experiencia personal. Norbert Elías encuentra en esta característica de la epistemología tradicional, el primer error que debe ser corregido. Para él, el conocimiento como el hombre, tienen una naturaleza social que no puede ser ignorada. El que la teoría del conocimiento que instauró a la epistemología tradicional, poco o nada diga acerca de la trasmisión social, persona a persona, del conocimiento, además de otras características de éste, que Elías considera relevantes para un correcto estudio epistemológico, tales como su trasmisión interpersonal y su materialidad en pautas sonoras, son pruebas de que esta tradición no se refiere al conocimiento humano sino que se centra específicamente en un territorio de este que ha sido privilegiado, y construido, por la sociedad occidental. Pero Elías va más allá: la idea, común durante algunos siglos según la cual el hombre no puede acceder al conocimiento y la verdad, por estar estos fuera de sus posibilidades, es una fábula: “La duda básica, la inseguridad fundamental respecto a si los seres humanos pueden llegar alguna vez a adquirir conocimiento del mundo tal como es realmente, que ha llegado a convertirse en un leitmotiv de la corriente genial de la filosofía desde que la formuló Descartes, se basa en un extraño supuesto que raras veces se formula explícitamente. Parece indicar que las funciones cognitivas de los seres humanos se desarrollaron en un principio por su cuenta, independientemente de un mundo que hay que identificar, y que los seres humanos, tras desarrollarse al principio sin objeto de cognición por un tiempo, por accidente como si digésemos (sic), entraron luego en un mundo ajeno. Pero eso es una fábula. Los seres humanos se han desarrollado dentro de un mundo. Sus funciones cognitivas evolucionaron en contacto constante con objetos que había que identificar”[2]. Se establece de esta manera una crítica a una teoría que se consideraba a si misma universal e imperecedera, haciéndose urgente la formulación de una teoría cognitiva que de cuenta de los espacios sociales que ha construido el ser humano, en los cuales Elías ubica al conocimiento, entendido este ya no como una objeto al que un individuo (el filósofo) alcanzaba, sino una construcción social elaborada en conjunto por muchos individuos. Más adelante me ocuparé del papel que Norbert Elías le da al lenguaje en este proceso.

Naturaleza y cultura: vías para un estudio de largo alcance.

Una de las características propias de la filosofía occidental es interpretar el mundo a partir de dicotomías antagónicas entre si: materialismo versus idealismo, sujeto versus objeto, cultura versus naturaleza. Sin embargo esta división de la realidad no puede ser establecida como verdad en si misma, ya que si se la somete una observación detallada quedara expuesta su naturaleza de construcción simbólica: la elección entre un camino u otro, no es una decisión tomada frente a la realidad sino ante las opciones socialmente construidas. Así lo ve Norbert Elías, para quien las múltiples vías del pensamiento filosófico, son elaboraciones culturales y en no pocos casos lingüísticas. Aunque Elías denuncias constantemente tales dicotomías como errores que deben ser superados, no opta por el desmantelamiento de estas, sino el de su naturaleza antagónica. De esta manera Elías propone revisar términos tales como naturaleza-cultura, en su acepción de opuestos, para demostrar que es posible construir una visión de mundo que integre a ambos conceptos resaltando las cualidades complementarias que guardan entre si conceptos separados por una tradición incapaz de establecer una relación entre su objeto de estudio, el conocimiento, y aquellos que experimentan dicho objeto, es decir, cada uno de los individuos inmersos en una sociedad.

Es precisamente la división que se ha gestado en el seno de la sociedad occidental entre naturaleza y cultura, la que le permite a Elías dar el primer paso hacia la construcción de su Teoría del Símbolo. Para él, esta, como cualquiera de las dicotomías elaboradas culturalmente, puede ser objeto de revisión. La concepción según la cual naturaleza y cultura son mundos diferentes y si se quiere, contradictorios entre si, ha alimentado la tradición desconoce la doble naturaleza, biológica y social del ser humano. Ya sea por una concepción del hombre como ser superior de la naturaleza, desligado de esta por su razón o por decisión divina, o por el contrario, debido a una visión del ser humano como un eslabón biológico más en la larga cadena de la evolución, dicha tradición se ha negado a ver al hombre como un conjunto de fenómenos tanto biológicos como sociales. Como resultado de la división conceptual entre naturaleza y cultura, los diferentes discursos que a lo largo de la historia han querido dar cuenta del ser humano y sus diferentes fenómenos como el conocimiento y el lenguaje, nos resultan hoy en día reduccionistas, ejemplo de ello son los discursos puramente religiosos, hasta los determinismos genéticos tan populares hoy en día. Pero dicha división no resulta valida para el sociólogo alemán, para quien no es posible desconocer ninguna de las dimensiones del ser humanas a la hora de estudiar a este. Para Elías, es valido reconocer los orígenes biológicos de nuestra especie siempre y cuando se aprecien de igual manera las construcciones culturales y sociales que nos han determinado como individuos culturales y simbólicos. De esta manera, Elías demuestra que naturaleza y cultura, no son contrarios, sino que de hecho son complementarios [3]en el proceso que nos ha permitido transformarnos en lo que hoy somos como especie biológica y sujetos sociales.

Es precisamente esta concepción dual del ser humano la que permite llevar a cabo un estudio antropológico de largo alcance, el cual es, según Norbert Elías, uno de los requisitos necesarios para elaborar una teoría del conocimiento que de cuenta de la interrelación que existe entre este y el lenguaje. La importancia de realizar este estudio en una escala temporal lo suficientemente grande como para abarcar y dar cuenta del transito del ser humano de una criatura simplemente animal a otra capacitada para realizar construcciones culturales, estriba en el hecho de que abordar fenómenos tales como el conocimiento y el lenguaje a escalas históricamente mínimas, es la razón principal por la cual se ignora la comunión entre naturaleza y sociedad: “El que pueda resultarnos tan difícil entender la aparición de estructuras totalmente nuevas dentro de un proceso continuado se debe en parte al hecho de que nuestra forma de pensar actual, la estructura de nuestras categorías está vinculadas a términos de intervalos relativamente cortos [vidas humanas, siglos, etc.]‍ (…) la compatibilidad de innovación estructural y continuidad procesual no podrá comprenderse hasta que los cambios estructurales no estén firmemente emplazados en los intervalos temporales de grandes dimensiones”[4].

Elías se interesa por el proceso que hizo posible la adquisición del lenguaje puesto que es en esta facultad en donde se es más explicita la doble naturaleza humana planteada anteriormente. El lenguaje es un fenómeno que tiene sus orígenes en la necesidad biológica de comunicación que existe entre miembros de una misma especie. Pero es claro que el lenguaje humano, es cualitativamente superior al de otras criaturas ya que no solo es particular para diferentes grupos, sino también porque va más allá de ser una simple serie de códigos y señales de supervivencia innatas, constituyéndose en sistema adaptable a diferentes circunstancias, desarrollable y de múltiples funcionalidades. Para Norbert Elías, el lenguaje es el eslabón que une nuestro yo natural con nuestro yo social, por lo cual el estudio del lenguaje es pieza clave en el desarrollo de una nueva y revisada teoría del conocimiento. Más adelante me ocupare de la relación que establece Elías entre estas dos características humanas, que al igual que naturaleza y cultura, han estado durante siglos, erróneamente aisladas una de otra por el pensamiento filosófico occidental. Por ahora basta con decir que para Elías, todas las construcciones simbólicas del lenguaje al igual que los conceptos, recuerdos y en general el conocimiento, no son procesos que se puedan desarrollar únicamente de manera individual, como lo planteaba la tradición filosófica iniciada por Descartes y Kant, ni son absolutamente socialmente ya que “se consideran siempre potencial y realmente ambas cosas, social e individuales a la vez” [5]

Para Elías, el lenguaje es un fenómeno inherente a las sociedades y no a los individuos: “Para que un lenguaje cumpla su función como medio de comunicación, ha de conocerlo y usarlo una pluralidad de individuos al mismo tiempo. Una acción individual que entrañase el uso del lenguaje sería inútil sino lo conociese más que un solo agente”[6]. Esto choca abiertamente con la teoría del conocimiento de la filosofía occidental que le atribuía al lenguaje, bajo la noción de concepto, una existencia metafísica casi que independiente del ser humano, estableciendo de esta manera, una realidad lingüística autónoma del hombre, a la cual este sólo podía acceder por medios limitados. Norbert Elías considera esta actitud como un error pues opina que “La fuerza imperativa que tiene un lenguaje en relación con sus usuarios individuales no es consecuencia de una existencia extrahumana y casi metafísica del lenguaje, sino del hecho de que el lenguaje pierde sus función e incluso su carácter como lenguaje si sólo lo entiende un hablante (…) la fuerza imperativa de un lenguaje nace del hecho de que constituye un canon unificado al que tiene que atenerse todo un grupo de individuos para que conserve su función comunicativa”[7]. Elías no ignora que el lenguaje es un es un rasgo específico de nuestra especie, perteneciente a un programa genético innato que se vincula con un proceso evolutivo, ni tampoco olvida que el desarrollo del lenguaje es en buena parte individual, pero prefiere centrarse en este como un hecho social que se manifiesta en lenguas particulares que no son comunes ni innatas a la especie y que se desarrolla a partir de construcciones culturales que cambian y se recrean según lo sugieran las necesidades de nombramiento y significación que elaboren las comunidades. Estas construcciones de significados socioculturales son la base de lo que llamamos visiones de mundo, ideologías, creencias, las cuales constituyen a su vez un entramado simbólico específico del ser humano al que Elías llama metafóricamente la quinta dimensión, en el cual se desarrolla el conocimiento. Al revisar la teoría epistemológica tradicional, Norbert Elías no ataca al conocimiento como tal, ni a su búsqueda. Lo que ataca Elías, es el método y la concepción solipsista y metafísica en la que esta búsqueda había caído. De hecho la Teoría del Símbolo de este autor, es en realidad una teoría del conocimiento que evidencia la naturaleza cultural de este y que nos recuerda que mas que a la verdad, el conocimiento apunta hacia sentidos socialmente elaborados. Estos sentidos se adentran en los terrenos del símbolo y por lo tanto del lenguaje. A través de la Teoría del Símbolo de Norbert Elías la pregunta en torno al conocimiento, que en gran parte se daba como cerrada, renueva su vigencia, pero al contrario de lo propuesto por la tradición filosófica, esta pregunta se vincula al problema del lenguaje, puesto que si solo conocemos las representaciones culturalmente construidas, el conocimiento es ante todo representación. Queda sin embargo, abierta una pregunta. Si esta teoría del símbolo afirma que todo conocimiento es una elaboración cultural del lenguaje, y por lo tanto valida para una determinada sociedad y visión de mundo ¿Cómo saber que ella misma no es otra ilusión lingüística? Y en todo caso ¿Cómo evitar que el lenguaje se convierta en una barrera que impida el desarrollo de un nuevo conocimiento? Aunque Elías no niega que su teoría no es más que otra formulación simbólica que solo se diferencia de sus predecesoras por estar mas atenta a ciertas circunstancias invisibilidades hasta entonces, desestima la posibilidad de que ella se constituya en una ilusión frente al conocimiento, o que el lenguaje pueda convertirse en una barrera de este, ya: “Si en un periodo determinado, elementos de un lenguaje deforman la realidad, y no hay duda de que puedan hacerlo, el defecto pueda enmendarse”[8]. De esta manera, si el conocimiento cayese en un punto muerto debido a juegos de palabras en su planteamiento, puede ser modificado. De hecho, el situar el conocimiento en paralelo al lenguaje, es una invitación a su continua revisión, lo cual resultaría difícil si se siguiera ubicando a este en una trascendental, puesto que esto le da a las construcciones cognitivas un aire de universalidad y constancia propio de las corrientes tradicionales del pensamiento que tanto ha denunciado Elías.

La quinta dimensión.

La búsqueda de un estudio de largo alcance planteada por Elías, nos hace evidente que ninguna teoría acerca del ser humano, puede ser explicada absolutamente por el campo biológico o el de las ciencias sociales. Elías tampoco confía en la psicología de su momento, pues ve en esta disciplina, secuelas de la separación entre pensamiento, lenguaje y conocimiento, propia de la tradición que él busca revisar. En todos estos casos, el problema fundamental es el reduccionismo de dichos discursos que no les permite recrear un modelo coherente del fenómeno humano[9]. Como se ha visto anteriormente, uno de los reparos que hace Norbert Elías a la teoría del conocimiento tradicional, se fundamenta en el hecho de que esta ignora la naturaleza social del conocimiento, presentándolo muchas veces como un despertar de cada individuo frente a la verdad. Elías no comulga ni con esta mirada solipcista del conocimiento, ni con la supuesta esencia universal y fija de aquella verdad. Por otro lado, si este fuese el proceso de adquisición del conocimiento ¿cómo explicar entonces el desarrollo y las transformaciones que ha sufrido este a lo largo de la historia? ¿Qué diferencia habría entre dicho proceso y la adquisición de conocimiento realizada por los animales a través de la imitación? Por esta razón Elías rechaza las concepciones individualistas del conocimiento y reivindica las características sociales de este: Una de las tesis básicas de este ensayo [es] que el conocimiento se centra en un nosotros, que el conocimiento tiene el carácter de mensaje de persona a persona (…) choca con una doctrina dominante profundamente arraigada, según la cual el conocimiento esta centrado en el yo. [10]

Elías, para evitar caer en un determinismo sociológico del conocimiento, recalca no solo los vínculos que existen entre este y la sociedad, sino que también destaca la relación que hay entre el conocimiento y el lenguaje. El lenguaje no solo es el puente entre la dimensión biológica y cultural en el ser humano, sino que además vincula al individuo con su comunidad, siendo a un tiempo una acción individual como social: “Es evidente que la potencialidad para comunicarse por medio de un lenguaje forma parte de la herencia biológica innata en la humanidad. Es igualmente obvio que esta potencialidad natural de la especie humana para comunicación del lenguaje sólo llegue a ser operativa si alcanza un proceso social de aprendizaje individual.”[11]

Para Elías, "Un lenguaje consiste en unas pausas sonoras que se producen y captan en una sociedad determinada con símbolos de un aspecto específico del mundo humano[12] . Esas pautas sonoras son representaciones materiales de construcciones culturales, pero a la vez, son herencia de un proceso biológico destinado a hacer posible la comunicación entre miembros de una misma especie. Este proceso, como es obvio, lo compartimos con el resto de los animales, pero es evidentemente que el nuestro es algo más que un sofisticado sistema de comunicación animal y por ello se hace preciso señalar algunas de las diferencias que establece Elías entre el lenguaje humano y la comunicación animal[13]:

1. Se adquieren por medio de un aprendizaje individual. Si bien es cierto que Norbert Elías no cesa de recalcar la naturaleza social del lenguaje, no ignora que el proceso de aprendizaje del lenguaje en el ser humano, al no ser innato como en los animales, pues tan solo es innata en el ser humano la facultad de adquirir una lengua, requiere de un aprendizaje individual de este, aunque tampoco olvida que este se tiene que dar necesariamente en un medio sociocultural del cual también carecen los animales.

2. La comunicación humana, a diferencia de la animal, se da por medio de lenguajes socialmente construidos, esto quiere decir, que aunque todos los sistemas comunicativos humanos se basan en una misma facultad, los productos de esta, son específicos a un grupo (37 ) y por lo tanto, no tienen validez universal. Los animales por su parte no pueden generar dialectos particulares a un determinado grupo, aunque si pequeñas variaciones en su mensaje con el fin de hacerlo mas especifico, pero de ninguna manera novedoso.

3. El lenguaje humano no requiere de una estabilidad en su forma para ser funcional, de hecho a lo largo de la historia no ha parado de trasformarse y prueba de ello son las múltiples lenguas que existen. Esto contrasta con la estabilidad de la comunicación animal que solo puede ser variada si elementos genéticos en la especie también varían, pero en este caso se abra desarrollado otra especie y la comunicación entre la primera y la resultante no seria entre una misma especie. Los humanos podemos variar nuestro lenguaje sin que ello implique una transformación en nuestra naturaleza.

Estas características evidencian una gran flexibilidad en nuestro lenguaje. Una flexibilidad que apunta hacia el mayor de los logros evolutivos que hemos conseguido: un lenguaje representativo de la realidad que va más allá del simple señalamiento propio del mundo animal. Nuestro lenguaje, mas que indicar tal o cual fenómeno de la realidad, construye un mundo en el que interactuamos, un mundo en el cual podemos construir conocimiento y trasmitirlo a otros miembros de nuestra especie mediante un mecanismo que nos permite ser reflexivos frente a nuestro entorno y a nosotros mismos. A este logro, Norbert Elías lo llama significativamente, una emancipación simbólica[14], pues el hecho de estar dotados de un sistema comunicativo que rebase las fronteras del signo, para adentrarse en los terrenos del símbolo, marcó una ruptura revolucionaria en nuestra especie. El lenguaje se comenzó a materializarse a través de una función representativa gracias a la cual el conocimiento puede ser transmitido de generación en generación y se posibilita el aprendizaje a partir de experiencias ajenas.

Para Elías el vinculo que une lenguaje y conocimiento es tan fuerte que lo lleva a afirmar que un ser humano sin lenguaje es un ser sin conocimiento y sin razón. El lenguaje determina la manera en que apreciamos el mundo, por ello los fenómenos privilegiados por una sociedad o cultura son evidentes para esta, mientras que los terrenos del saber que dicha sociedad no explora se queden en la obscuridad, sin que esto signifique que estos conocimientos no excitan, ni puedan dejar de ser explotados por otras culturas: “Todo lo que no está representado simbólicamente en un idioma de una comunidad lingüística no es conocido por sus miembros: No pueden comunicarse entre sí sobre ello[15].

El lenguaje se manifiesta culturalmente mediante representaciones simbólicas en las cuales el conocimiento, entendido como un producto netamente humano, tiene su origen. Las representaciones simbólicas constituyen la infraestructura de nuestro saber, de hecho, gran parte de lo que hoy llamamos conocimiento o las bases de este, tan solo son construcciones lingüísticas que solamente existen en nuestra mente y de las cuales, obviamente, tan solo podemos dar cuenta a través de las dichas representaciones. Por ello, el escenario en el cual el ser humano conoce y representa el mundo, va más allá de las dimensiones espaciales de este. Elías lo ubica en lo que él llama una Quinta Dimensión[16]. Aunque este concepto no deja de ser una metáfora dentro de la obra, esta no deja de ser interesante, puesto que si como sujetos materiales y biológicos pertenecemos a un mundo tridimensional, y como sujetos histórico-culturales percibimos y hacemos uso de una cuarta dimensión, es decir el tiempo; el mundo simbólico que fundamenta nuestro conocimiento, debería de darse en una dimensión aparte, ya que sus productos no son ni concretos ni abstractos, sino ambas cosas al tiempo, pues que a pesar de no tener una materialidad mayor a la de la pauta sonora mediante la cual se representan, sin duda alguna transforman el mundo material e histórico en el que surgen y se recrean.

Al ubicar el conocimiento como un producto cultural, Elías nos hace evidente la autentica naturaleza de este: el conocimiento no es más que la respuesta elaborada por un grupo particular de personas frente a las contingencias del mundo y así como no es posible hablar ya del lenguaje, sino que hablamos de los lenguajes, cada vez es mas notorio que no existe el conocimiento sino los conocimientos, es decir múltiples productos elaborados por múltiples pueblos, que solo cobran sentido si son observados a través de la misma mescla de fantasía y razón que les origino. En este punto es preciso detenerse para realizar una claridad: El concepto de conocimiento ha estado vinculado tradicionalmente a la noción de verdad y razón. Por otro lado, nociones como imaginación y fantasía son consideradas comúnmente como antagonistas del conocimiento. Este nuevo antagonismo entre conocimiento y fantasía corre, en la obra de Elías, la misma suerte otras dicotomías antagónicas de este tipo. Norbert Elías considera la fantasía no como un estado superado del conocimiento (visión propia del positivismo) sino como un componente activo en todos los momentos de la historia y del cual no se ha prescindido en ningún momento. Para el autor de Teoría del Símbolo, el conocimiento nacido de la imaginación no es menor que el nacido de la experiencia o la razón, pues a partir de la imaginación se ha podido dar sentido a innumerables avances sociales y culturales. Todos los sistemas de pensamiento, incluyendo a los lógicos y positivistas, se basan en algún tipo de fantasía. Esto de ningún modo les resta valor pues la necesidad que tienen los seres humanos por darle sentido y orden al mundo que lo rodea les exige crear una hipótesis del mundo que se ajuste a sus observaciones. Sin la fantasía el hombre no tendría más remedio que aceptar que ignora la naturaleza de su entorno, imposibilitando el surgimiento de teoría alguna. Si las respuestas que nacen de la imaginación permanecieran intactas en su formulación a través del tiempo, tal vez podría decirse que la fantasía se contrapone al conocimiento, per al contrario de esto, la misma dinámica de la imaginación hace que las respuestas que el hombre se da ha si mismo tiendan ha ser congruentes con las evidencias que el mundo proporciona. Es necesario por lo tanto, dejar de lado el concepto tradicional de verdad, puesto que por las múltiples razones expuestas, este carece de sentido. Elías prefiere remplazarlo por el concepto de congruencia, el cual no solo carece del peso moral que la noción de verdad conlleva, sino que además describe mejor la dinámica que él le atribuye al conocimiento, es decir, como una construcción cultural y simbólica encargada de explicar un fenómeno a partir de una serie de evidencias y circunstancias, susceptible de ser modificada o remplazada por otra construcción del mismo tipo en la medida que nuevas evidencias hagan patente la incongruencia de esta con el mundo que se intenta explicar.

Apuntes finales.

Ya hacia el final de Teoría del Símbolo, Norbert Elías insinúa en que sólo a través de un estudio de largo alcance entorno al ser humano, su naturaleza, lenguaje y manera de construir conocimiento, podremos entender la real magnitud de nuestra existencia y elaboraciones históricas, al tiempo que se hará evidente que nuestro momento histórico actual no es ni una cima ni un final de camino, sino simplemente un paso más en nuestro desarrollo y quizás también en nuestra evolución. Siglos quedan para transformarnos y tratar de resolver la pregunta de cómo sobrevivirnos a nosotros mismos y a nuestra soberbia como especie. Esta no deja de ser una reflexión melancólica, pero de ninguna manera puede considerarse inesperada ya que la Teoría del símbolo, no es otra cosa mas que un intento por rescatar al hombre del estancamiento en que había caído por su excesiva confianza en sistemas que no se renuevan a si mismos, sistemas que de algún modo lo habían separado de su nexo con la naturaleza, convirtiéndolo en antagonista y victimario de esta.

El conocimiento, como fenómeno determinante en el desarrollo humano, plantea un problema que nunca dejará de interesar a filósofos y sociólogos, pero por su misma definición, este es un problema que no puede contestarse de forma absoluta; que como los grandes problemas que inquietan a la humanidad, debe acomodarse a cada época y a cada contexto. Frente al aporte hecho por Elías en su citado texto, lo que menos debe importar es si sus teorías son ciertas o mejores que las que él pretende criticar. Lo verdaderamente importante en la Teoría del símbolo, es que nos recuerda que dicha tradición ya cumplió su papel histórico y que si vamos a ser recíprocos con esta, necesitamos buscar nuevos paradigmas, nuevas bases en las cuales edificar nuestro conocimiento, para que luego, como ya alguna vez lo planteo Kant, justamente uno de aquellos filósofos ante los cuales se levanta Elías, si es necesario, revisarlo, destruirlo y volver a comenzar.

Bibliografía

ELÍAS, Norbert. Teoría del Simbolo. Barcelona: Ediciones Peninsula, 1994.



[1] KILMINSTER, Richard. Introducción del editor. En ELÍAS, Norbert. Teoría del Simbolo. Barcelona: Ediciones Peninsula, 1994. Pág:11

[2]ELÍAS, Norbert. Teoría del Simbolo. Barcelona: Ediciones Peninsula, 1994. Pág: 155-156.

[3]ELÍAS, Norbert. Op.cit. Pág 34

[4] ELÍAS, Norbert. Op.cit. Pág 68-69

[5]ELÍAS, Norbert. Op.cit. Pág 46

[6] ELÍAS, Norbert. Op.cit. Pág 57

[7]ELÍAS, Norbert. Op.cit. Pág 58

[8] ELÍAS, Norbert. Op.cit. Pág 155

[9] ELÍAS, Norbert. Op.cit. Pág 37 y 38

[10] ELÍAS, Norbert. Op.cit. Pág 174

[11] ELÍAS, Norbert. Op.cit. Pág 54

[12] ELÍAS, Norbert. Op.cit. Pág 77

[13] ELÍAS, Norbert. Op.cit. Pág 81

[14] ELÍAS, Norbert. Op.cit. Pág. 98

[15] ELÍAS, Norbert. Op.cit. Pág 35

[16] ELÍAS, Norbert. Op.cit. Pág 90

viernes, 13 de junio de 2008

Dos novela, una identidad y un final.

Y bien, ayer se terminaron las clases. Un semestre más que pasa volando, y quien lo creyera, ya soy estudiante con diez semestres universitarios encima, y serian catorce si contamos los cuatro primeros que pase perdido en otra carrera. Ya solo me quedan dos para ser un pomposo profesor de literatura. Suena bien, pero ni yo me lo creo.

El final de semestre es siempre agitado pero uno deduce desde el principio que al final de las dos semanas de ajetreos y trabajos escritos a última hora, todo estará bien de una manera u otra. Una aventurilla académica repetida semestre a semestre. Pues bien, esta primera entrada a mi blogg, tiene como objetivo compartir uno de los momentos mas brillantes en la última versión de esta repetida carrera en contra del tiempo y la nota: Mi informe final para la materia de Literatura Colombiana . El trabajo que van a leer a continuación, era en sus inicios, tan solo las notas de mi trabajo final, pero circunstancias extrañas que se acumulan para dejarte en jaque cuando menos lo esperas –un hermano en el hospital, un trabajo que presentar en otra parte, una exnovia refunfuñona y una celebre incapacidad de organizar mejor el tiempo- convirtieron estas notas en el mismísimo final. No espero disculparme por tamaña villanía con tintes de irresponsabilidad, se que el informe debería haber sido mucho mejor, pero eso ahora mismo ya no importa. Importa por otro lado, compartir dicho texto en el cual, toco un par de ideas que me parecen importantes: nuestra búsqueda por la identidad, como latinoamericanos, pero sobre todo como seres humanos y por otro lado, el papel de la literatura en esta búsqueda. Dos lecturas inspiraron estas ideas: la primera es La nieve del Almirante, de Mutis, y la segunda, Sinfonía desde el Nuevo mundo de Germán Espinoza. Recomendaría leer primero estas obras para entender mis notas (hay copias electrónicas en Internet), pero en cualquier caso ahí van estos garabatos, que anteayer, hice pasar por mi final (mis disculpas a la academia por ello)

La nieve del nuevo mundo:
Viajes y búsqueda.


….En cualquier caso Victor Frontenir no navegó rio arriba por el Xurandó. Se me ocurren muchas razones para ello pero basta decir que dicho rio, que podría estar el las costas Chocoanas, se ubica un poco lejos de la ruta del Capitán Francés, que de las Antillas paso a los llanos y que hasta donde sabemos, jamás vio el Pacifico. Se me ocurren otras tantas razones y todas podrían ser validas espeto aquella que indica que tanto el capitán como el rio son ficticios. Admito cualquier razón menos esa por inexacta y grosera. El Xurandó, al igual que el jacobino, son, de alguna manera, parte de nuestra historia, no como lectores, sino como participes de esto que hemos decidido llamar Colombia. El rio es monstruoso en medio de su casi total monotonía solo quebrantada momentáneamente por los rápidos que si no te quitan la esperanza te la renuevan. Victor Frontenir es monstruoso en medio de sus principios: Ilustrado que a pesar de presenciar la decadencia, la continúa sospechando próxima, como si aun no hubiese llegado.

El rio y el soldado francés se desconocen, son ajenos y solo la casualidad podría juntarlos. Tal vez para fundar una realidad donde uno navegue al otro, sea necesario preguntarse por la historias anterior a la publicación de La nieve del Almirante de Álvaro Mutis, novela en la cual recorremos el Xurandó en compañía del mítico Maqroll el Gaviero, y Sinfonia desde el nuevo mundo de Germán Espinosa, obra publicada cuatro años después y en la cual somos testigos de la transformación de un derrotado oficial francés en Waterloo, en un temible lancero llanero bajo el mando de José Antonio Páez. Es necesario advertir, que la historia a contar, no es la historia de una literatura que de lo incipiente va a lo experimental y de lo experimental al Nobel y el desconocimiento. Tampoco es la historia de un país violento e ignorante de si mismo, fundado en la mezquindad de sus próceres (como podría dar testimonio el mismo Fontenier). No es ninguna de estas historias puesto que las obras de Mutis y Espinoza no pertenecen a los dominios de la crítica literaria, ni de la historiografía y mucho menos de la psicología hermenéutica. La historia del francés que navega sobre el rio, aunque no escrita, es en últimas, la nuestra, la de los lectores que desconocemos (pero no por ignorancia tacita, si no por convicción) los limites entre lo imaginado y lo sucedido. Porque al final, por muy lejanos que sean entre si, el viaje de Maqroll por el Xurandó y el de Fontenier por el Caribe, ante nosotros, son sólo, un único viaje, el nuestro.

Al final de su novela, en un Epilogo necesario, Espinoza nos confiesa que la suya no es una novela histórica, que el paisaje histórico es sólo artilugio de la ficción pero nada mas. En cualquier caso, lo cierto es que, ficción o no, es un retrato, a su manera, de los hechos que nos llevaron a ser quienes somos. Sinfonía desde el nuevo mundo es en últimas una ficción a partir de la historia tal y como se cuenta siempre: desde los héroes. Esto no está mal, pero la historia no sólo se cuenta de esta manera. Hoy sabemos que además de la historia de los reyes y lo héroes, existe también la historia de los sujetos cotidianos, la de los anónimos transeúntes, la de los mortales y por que no, la de los Gavieros. Y eso es, en últimas La nieve del almirante, una ficción de nuestra historia contada desde lo micro, desde el hombre que se angustia, desde la soledad innata.

¿No somos acaso al fin, hijos angustiados y tristes de los ideales revolucionarios de la ilustración? La vida en Latinoamérica (sin querer ser ceremonioso) es hoy como hace doscientos o trescientos años, una tensión entre la melancolía de no saberse quien se es, propia de Maqroll, Xurandó arriba, y la ingenuidad ilustrada que nos hace luchar diariamente por nuestros ideales, muy a la manera de Fontenier. Pero nosotros, los que somos extranjeros en su propio continente, no alcanzamos a ser Maqrolles: Nuestra angustia de desconocernos, no viaja siempre rio arriba y nos hace zozobrar en los rápidos. Nuestra angustia de desconocernos se nos vuelve, en últimas, el método de nuestros días. No hay Flor Estévez que nos guie en sueños y las oraciones y sentencias son en nuestros labios, letanías vacías que regresan a nosotros cada vez más angustiosas y más solas. Porque nos desconocemos. Porque a pesar de jugar a ser ilustrados, no reconocemos nuestro color, la geografía secreta de nuestras carnes, nuestra propia historia.

Los ideales Ilustrados que gestaron a Fontenier, fueron en Europa, el fruto de la modernidad. La decadencia del ideal, Napoleón derrotado y preso en Santa Elena y los reinos envejecidos y convertidos en floridas repúblicas, fueron, en Europa, consecuencias de un plan detallado que se llevo a cabo a pesar de los tropiezos. El ideal moderno aun pareciera tener luz ahí, a pesar de que por su propio impulso hoy se vea como una llamita superada. Pero eso es sólo Europa ya que, la angustia americana, es al fin, una de las pocas cosas que aun no se ha podido globalizar. Aquí, la ilustración y la modernidad son proyectos ajenos que llegaron por la misma ruta por la que llegó Fontenier, la de los sueños rotos y copiados. Los cirios que alumbraron en Europa, aquí solo fueron tímidas yescas que iniciaron un fuego que aun hoy no se sabe si resultará purificador o devastador. Espinoza, confiesa, imaginó su obra como una celebración al aporte francés a la libertad de nuestros pueblos. Esta bien, si se es buen observador se sabrá que hay razones por las que celebrar, pero no olvidemos que Fontenier nos trajo sus sueños trasplantados y con ellos tan sólo nos legó la tristeza de saberlos inermes, como si estas tierras pudiesen cultivar revoluciones, intrigas y heroísmos, pero jamás ideas que construyen ciudades o repúblicas. Maqroll por su parte no se sabe de donde viene. No dice traernos nada y nos lega al final la sospecha de quienes somos: los que se buscan, los que tienen que excavar en sus propias raíces. La tristeza al fin y al cabo, es eso que no pueden ver los estados, por más ilustrados que estos sean.

He dicho que el viaje del Jacobino y del Gaviero son uno. Y es así. Es uno para nosotros que nos alimentamos de ellos, que buscamos nuestra razón de ser entre las paginas de las novelas. Pero definitivamente no es el mismo para los viajeros. El Caribe y los llanos al final de la Sinfonía…, transfiguran al europeo en americano. La razón queda presa de la pasión por la libertad. La decadencia alimenta nuevos sueños. El galo es por fin, al otro lado del mundo, Centauro. Curiosa esta propiedad de nuestras geografías, literarias o no, de tragarse a los hombres para devolverlos convertidos en otra cosa, en otros hombres. Podría decir que tal vez ahí este la razón de nuestra no identidad, puesto que si hasta el paisaje nos invita a mutar ¿cómo saber quienes somos? Podría decirlo, pero esa trampa del lenguaje no es el punto. El punto aquí, es que mientras en Sinfonía, el extranjero se vuelve americano, en La nieve… el extranjero no se convierte, se encuentra a si mismo, es decir, se vuelve simplemente humano. Aquí los caminos se vuelven a encontrar tangencialmente. ¿Qué es lo que hemos perdido y que es lo que buscamos? ¿Nuestra identidad como hombres? ¿Nuestra identidad como Latinoamericanos? ¿Nuestra identidad a cualquier precio, aceptando incluso ser la caricatura de otras caricaturas de hombres libres? Tal vez los caminos no se alejen nuevamente. Podría ser que querer ser americano, quiera decir lo mismo que querer ser hombre, podría ser que ser americano, y tener identidad de si, no signifique otra cosa mas que aprender a amar a Marinette orisha, que es Marie Antoinette, que es María Antonia, que es Flor Estévez. Porque aquí si no hay diferencia entre un viaje y otro: amar al otro es comenzar a reconocerse, a saberse alguien en América, en el Xurandó.
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Al final, quien lo sabe, tal vez después de tantas batallas, Victor Frontenir, si paso, rio arriba, por el Xurandó. Alguna crucecita que haya visto el Gaviero, acaso sea de él.