viernes, 13 de junio de 2008

Dos novela, una identidad y un final.

Y bien, ayer se terminaron las clases. Un semestre más que pasa volando, y quien lo creyera, ya soy estudiante con diez semestres universitarios encima, y serian catorce si contamos los cuatro primeros que pase perdido en otra carrera. Ya solo me quedan dos para ser un pomposo profesor de literatura. Suena bien, pero ni yo me lo creo.

El final de semestre es siempre agitado pero uno deduce desde el principio que al final de las dos semanas de ajetreos y trabajos escritos a última hora, todo estará bien de una manera u otra. Una aventurilla académica repetida semestre a semestre. Pues bien, esta primera entrada a mi blogg, tiene como objetivo compartir uno de los momentos mas brillantes en la última versión de esta repetida carrera en contra del tiempo y la nota: Mi informe final para la materia de Literatura Colombiana . El trabajo que van a leer a continuación, era en sus inicios, tan solo las notas de mi trabajo final, pero circunstancias extrañas que se acumulan para dejarte en jaque cuando menos lo esperas –un hermano en el hospital, un trabajo que presentar en otra parte, una exnovia refunfuñona y una celebre incapacidad de organizar mejor el tiempo- convirtieron estas notas en el mismísimo final. No espero disculparme por tamaña villanía con tintes de irresponsabilidad, se que el informe debería haber sido mucho mejor, pero eso ahora mismo ya no importa. Importa por otro lado, compartir dicho texto en el cual, toco un par de ideas que me parecen importantes: nuestra búsqueda por la identidad, como latinoamericanos, pero sobre todo como seres humanos y por otro lado, el papel de la literatura en esta búsqueda. Dos lecturas inspiraron estas ideas: la primera es La nieve del Almirante, de Mutis, y la segunda, Sinfonía desde el Nuevo mundo de Germán Espinoza. Recomendaría leer primero estas obras para entender mis notas (hay copias electrónicas en Internet), pero en cualquier caso ahí van estos garabatos, que anteayer, hice pasar por mi final (mis disculpas a la academia por ello)

La nieve del nuevo mundo:
Viajes y búsqueda.


….En cualquier caso Victor Frontenir no navegó rio arriba por el Xurandó. Se me ocurren muchas razones para ello pero basta decir que dicho rio, que podría estar el las costas Chocoanas, se ubica un poco lejos de la ruta del Capitán Francés, que de las Antillas paso a los llanos y que hasta donde sabemos, jamás vio el Pacifico. Se me ocurren otras tantas razones y todas podrían ser validas espeto aquella que indica que tanto el capitán como el rio son ficticios. Admito cualquier razón menos esa por inexacta y grosera. El Xurandó, al igual que el jacobino, son, de alguna manera, parte de nuestra historia, no como lectores, sino como participes de esto que hemos decidido llamar Colombia. El rio es monstruoso en medio de su casi total monotonía solo quebrantada momentáneamente por los rápidos que si no te quitan la esperanza te la renuevan. Victor Frontenir es monstruoso en medio de sus principios: Ilustrado que a pesar de presenciar la decadencia, la continúa sospechando próxima, como si aun no hubiese llegado.

El rio y el soldado francés se desconocen, son ajenos y solo la casualidad podría juntarlos. Tal vez para fundar una realidad donde uno navegue al otro, sea necesario preguntarse por la historias anterior a la publicación de La nieve del Almirante de Álvaro Mutis, novela en la cual recorremos el Xurandó en compañía del mítico Maqroll el Gaviero, y Sinfonia desde el nuevo mundo de Germán Espinosa, obra publicada cuatro años después y en la cual somos testigos de la transformación de un derrotado oficial francés en Waterloo, en un temible lancero llanero bajo el mando de José Antonio Páez. Es necesario advertir, que la historia a contar, no es la historia de una literatura que de lo incipiente va a lo experimental y de lo experimental al Nobel y el desconocimiento. Tampoco es la historia de un país violento e ignorante de si mismo, fundado en la mezquindad de sus próceres (como podría dar testimonio el mismo Fontenier). No es ninguna de estas historias puesto que las obras de Mutis y Espinoza no pertenecen a los dominios de la crítica literaria, ni de la historiografía y mucho menos de la psicología hermenéutica. La historia del francés que navega sobre el rio, aunque no escrita, es en últimas, la nuestra, la de los lectores que desconocemos (pero no por ignorancia tacita, si no por convicción) los limites entre lo imaginado y lo sucedido. Porque al final, por muy lejanos que sean entre si, el viaje de Maqroll por el Xurandó y el de Fontenier por el Caribe, ante nosotros, son sólo, un único viaje, el nuestro.

Al final de su novela, en un Epilogo necesario, Espinoza nos confiesa que la suya no es una novela histórica, que el paisaje histórico es sólo artilugio de la ficción pero nada mas. En cualquier caso, lo cierto es que, ficción o no, es un retrato, a su manera, de los hechos que nos llevaron a ser quienes somos. Sinfonía desde el nuevo mundo es en últimas una ficción a partir de la historia tal y como se cuenta siempre: desde los héroes. Esto no está mal, pero la historia no sólo se cuenta de esta manera. Hoy sabemos que además de la historia de los reyes y lo héroes, existe también la historia de los sujetos cotidianos, la de los anónimos transeúntes, la de los mortales y por que no, la de los Gavieros. Y eso es, en últimas La nieve del almirante, una ficción de nuestra historia contada desde lo micro, desde el hombre que se angustia, desde la soledad innata.

¿No somos acaso al fin, hijos angustiados y tristes de los ideales revolucionarios de la ilustración? La vida en Latinoamérica (sin querer ser ceremonioso) es hoy como hace doscientos o trescientos años, una tensión entre la melancolía de no saberse quien se es, propia de Maqroll, Xurandó arriba, y la ingenuidad ilustrada que nos hace luchar diariamente por nuestros ideales, muy a la manera de Fontenier. Pero nosotros, los que somos extranjeros en su propio continente, no alcanzamos a ser Maqrolles: Nuestra angustia de desconocernos, no viaja siempre rio arriba y nos hace zozobrar en los rápidos. Nuestra angustia de desconocernos se nos vuelve, en últimas, el método de nuestros días. No hay Flor Estévez que nos guie en sueños y las oraciones y sentencias son en nuestros labios, letanías vacías que regresan a nosotros cada vez más angustiosas y más solas. Porque nos desconocemos. Porque a pesar de jugar a ser ilustrados, no reconocemos nuestro color, la geografía secreta de nuestras carnes, nuestra propia historia.

Los ideales Ilustrados que gestaron a Fontenier, fueron en Europa, el fruto de la modernidad. La decadencia del ideal, Napoleón derrotado y preso en Santa Elena y los reinos envejecidos y convertidos en floridas repúblicas, fueron, en Europa, consecuencias de un plan detallado que se llevo a cabo a pesar de los tropiezos. El ideal moderno aun pareciera tener luz ahí, a pesar de que por su propio impulso hoy se vea como una llamita superada. Pero eso es sólo Europa ya que, la angustia americana, es al fin, una de las pocas cosas que aun no se ha podido globalizar. Aquí, la ilustración y la modernidad son proyectos ajenos que llegaron por la misma ruta por la que llegó Fontenier, la de los sueños rotos y copiados. Los cirios que alumbraron en Europa, aquí solo fueron tímidas yescas que iniciaron un fuego que aun hoy no se sabe si resultará purificador o devastador. Espinoza, confiesa, imaginó su obra como una celebración al aporte francés a la libertad de nuestros pueblos. Esta bien, si se es buen observador se sabrá que hay razones por las que celebrar, pero no olvidemos que Fontenier nos trajo sus sueños trasplantados y con ellos tan sólo nos legó la tristeza de saberlos inermes, como si estas tierras pudiesen cultivar revoluciones, intrigas y heroísmos, pero jamás ideas que construyen ciudades o repúblicas. Maqroll por su parte no se sabe de donde viene. No dice traernos nada y nos lega al final la sospecha de quienes somos: los que se buscan, los que tienen que excavar en sus propias raíces. La tristeza al fin y al cabo, es eso que no pueden ver los estados, por más ilustrados que estos sean.

He dicho que el viaje del Jacobino y del Gaviero son uno. Y es así. Es uno para nosotros que nos alimentamos de ellos, que buscamos nuestra razón de ser entre las paginas de las novelas. Pero definitivamente no es el mismo para los viajeros. El Caribe y los llanos al final de la Sinfonía…, transfiguran al europeo en americano. La razón queda presa de la pasión por la libertad. La decadencia alimenta nuevos sueños. El galo es por fin, al otro lado del mundo, Centauro. Curiosa esta propiedad de nuestras geografías, literarias o no, de tragarse a los hombres para devolverlos convertidos en otra cosa, en otros hombres. Podría decir que tal vez ahí este la razón de nuestra no identidad, puesto que si hasta el paisaje nos invita a mutar ¿cómo saber quienes somos? Podría decirlo, pero esa trampa del lenguaje no es el punto. El punto aquí, es que mientras en Sinfonía, el extranjero se vuelve americano, en La nieve… el extranjero no se convierte, se encuentra a si mismo, es decir, se vuelve simplemente humano. Aquí los caminos se vuelven a encontrar tangencialmente. ¿Qué es lo que hemos perdido y que es lo que buscamos? ¿Nuestra identidad como hombres? ¿Nuestra identidad como Latinoamericanos? ¿Nuestra identidad a cualquier precio, aceptando incluso ser la caricatura de otras caricaturas de hombres libres? Tal vez los caminos no se alejen nuevamente. Podría ser que querer ser americano, quiera decir lo mismo que querer ser hombre, podría ser que ser americano, y tener identidad de si, no signifique otra cosa mas que aprender a amar a Marinette orisha, que es Marie Antoinette, que es María Antonia, que es Flor Estévez. Porque aquí si no hay diferencia entre un viaje y otro: amar al otro es comenzar a reconocerse, a saberse alguien en América, en el Xurandó.
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Al final, quien lo sabe, tal vez después de tantas batallas, Victor Frontenir, si paso, rio arriba, por el Xurandó. Alguna crucecita que haya visto el Gaviero, acaso sea de él.